La elección terminará, la polarización sigue

Gilberto P. Miranda
06 de Noviembre 2020
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Gilberto P. Miranda

Mientras surgen estas líneas, aún no sabemos quién ha ganado la presidencia de EEUU, el país más poderoso del globo (supremacía que hoy disputa China).

Independientemente del resultado -esperando resulte vencedor el demócrata Joe Biden-, lo cerrado de la votación es reflejo de tensiones enraizadas que revelan las grietas no solo del sistema político, sino de la identidad misma de ese país. No es casualidad que la campaña de Biden ha enmarcado este proceso como “una batalla por el alma de la nación”.

Demócratas y republicanos representan dos visiones del mundo (dentro de un espectro de límites comunes). El lingüista George Lakoff, en términos de framing del discurso político, describe a los republicanos como un “padre estricto” y a los demócratas como una “familia protectora”.

El padre estricto cree que el mundo es un lugar frío y duro, que no se puede confiar en nadie, que primero tiene que verse por lo individual antes que por lo colectivo. La familia protectora cree que la fuerza está en las comunidades y por tanto, que se puede confiar en los demás.

Esta tensión convivió dentro de los cauces institucionales por mucho tiempo, pero las últimas dos décadas han venido acompañadas de dos realidades que han sacudido hasta la raíz a la sociedad norteamericana: el racismo sistémico y la recomposición demográfica hacia una mayor pluralidad racial.

Estas dos realidades han desenterrado ideas y actitudes de violencia, desprecio e incluso odio que parecían erradicadas. En el fondo, las personas de raza blanca parecen tener un profundo miedo: primero, a ya no ser la raza mayoritaria, y segundo, a “perder” lo que en sus imaginarios debe ser Estados Unidos.

En efecto es un país con el alma dividida, descubriendo que en sus profundidades había fealdades y rencores que surgen cada vez con más fuerza. Bajo esta lógica, es preciso entender que Donald Trump es una consecuencia de estas oscuridades, no su causa.

Independientemente del resultado de la elección, el reto más grande es definir si esa democracia será viable en el mediano y largo plazo, si es posible generar entendimiento entre la fina línea entre escuchar a quienes piensan distinto y no tolerar a los intolerantes que tienen posturas racistas, xenófobas y discriminatorias.

Dos almas colisionan, el mundo está en vilo.

 

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